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Las manos de Carlos

Había tenido entre mis manos las de los hombres que me “amaron” y a los que amé. Dedos delgados, piel suave; unas rasposas por el trabajo rudo, otras gruesas, toscas, torpes, avezadas, sutiles, dedos cortos y gruesos; dedos largos y sublimes… Las manos siempre dicen más de lo que pensamos. Unas manos me cautivaron cuando mi primer amor se fue. Manos delgadas, no endebles, tampoco fuertes. Suaves. Torpes para acariciar, pero inocentes porque no se detenían ante los caminos sensuales de mi cuerpo. Las manos a las que ahora escribo son gráciles, de dedos del mismo tamaño que la palma, lo que hace armonioso el conjunto de dedos, palma, dorso y uñas, rosadas, pulidas, cuidadas. No solo es la forma sino de lo que ellas emana: pureza, sensualidad, belleza, trabajo. Las manos de Carlos son exquisitas, se deslizan ágilmente por el teclado, cogen el teléfono, se juntan bajo el pecho, mientras escucha, los ojos castaños se fijan en quien habla, los dedos se entrelazan sobre el escritorio y tam…

Estoy en el rincón de una cantina

una fanfarronada para impresionar a los turistas. Sonreí al recordar esas letras. El mesero quería provocarme, sí, seguramente sabía que había tenido un mal día de quincena, que la anfitriona se estaba ligando a mi acompañante y yo a José Alfredo y que necesitaba un pretexto para largarme del lugar “No por ti, José Alfredo, no me lo tomes a mal”, me disculpo con El rey. Doy vueltas al saloncito pintado de blanco, de fondo se escucha el repertorio del maestro, las escucho atentamente; caigo en cuenta de la profundidad de sus letras, de la hermosura de la música que le acompaña, le doy la razón a Sabina por admirarlo. Meseros van y vienen sonriendo cortésmente. Me siento en una silla junto a la entrada, apenas ha pasado media hora, el reloj dio ocho campanadas, se escucharon a pesar de la música y el barullo propio de esos lugares. Me acuerdo de repente del acompañante ausente, estoy segura que no vine sola pero no lo encuentro por ninguna parte. Quince minutos más. Caballitos vacíos se…

LONDRES

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Mis ojos miran otra vez tu cielo el Destino guió a ti mis pasos de nuevo, Londres, me tienes aquí. El río, el Albert Hall, el Tower Bridge mi corazón desea visitar, ver la guardia de Palacio cambiar, y cantar gustosa God Save the Queen Mi pluma se ha cansado de escribir. Sé que mis pasos cambiarán de vía; yo sólo en tus calles quiero vivir. Sé que las estrellas serán mi guía, Lejos de Londres no quiero morir Y he de volver a perderme en la niebla en un último y lluvioso día.
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Comparto el texto de un camarada en el asunto de la escritura creativa. Desde la madre patria recibo con mucho gusto y cariño este texto de José María. Gracias y que lo disfruten.

TE SIGO


Te sigo entre la niebla del pasado,
y sobre las nubes quiero verte,
y saborear el suave cauce de tu savia,
el río desbordante de tu sexo.

Dejar la luna dibujada en tu cuerpo,
con los labios de tus besos,
con la saliva de tu dulce aroma,
confundirlo con el roció de tu lecho
como briosas olas inconfundibles
que chocan sobre tus soberbios pechos.

Yo quise para tus dibujados pezones,
el mordisco suave de la noche
como fruto amoroso prendido del ramaje
que otorgabas al tacto todos los dones,
de tú abundante manantial de rica leche,
y penetrar con la lengua para sorber la nata
que pende de tu jardín de rosas y claveles
para conocer toda tu clara naturaleza
para después, simplemente, esperar la muerte
de quién probó la gloria bendita de tu maleza.


MARTELO.









Visto el traje

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Me levanto cada día
sin maquillaje en el alma,
“debes hacerlo”, me digo al espejo,
“la alegría depende de ti”.

Hoy tampoco hay tiempo para llorar,
mis piernas flaquean,
mi corazón se desprende,
mis manos tiemblan
al intentar dibujar una sonrisa
hecha de maquillaje, en mi rostro.

Dedos torpes, hacen su propia voluntad
“No hagan eso, no a mí, no este día.”
Escondan mi pesar, la causa de mi tormento,
la vergüenza que mi rostro refleja.

Indolentes trazan una sonrisa inversa
agregan, además unas lágrimas
demasiado reales como para no ser mías.

La gente ansiosa, espera.
"¡Esfuérzate! ¿Acaso no eres un hombre?”
Me enfrento a mí mismo
 en una queja sin destinatario.
Ella se ha ido para siempre,
tus brazos no la supieron retener.

Pero de ¿qué te quejas hombre arlequín?
ella se burló de tu dignidad, de tu ajado corazón,
porque siempre fuiste para ella
nada más que un payaso.

A Madame Butterfly

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Aquella mañana,
cuando despertaste,
viste la nave entrar al puerto
que venía del mar,
trayendo de vuelta tu amor.

“Suzuki, él volvió”,
gritaste exaltada,
“dijiste que no lo haría,
pero él regresó de nuevo”.
Corriste a la colina,
señalaste un punto lejano:
“aquel hombre es él”.

Suzuki triste exclama:
“Mariposa querida,
él no volvió por ti,
no atravesó el mundo
para mirarte de nuevo;
él volvió, escucha sin llanto,
por tu amado hijo y se irá.
Aquella dama Kate
es su amor verdadero,
volvió por su hijo;
no a besar tus labios muertos”.

“No es verdad” dice tu angustia,
“él me extraña, por eso regresó
porque me ama aún;
él no se marchará mañana”.
Pero eso no es cierto,
pequeña flor de cerezo,
a él no le importa tu corazón desgajado,
ni tu amor aunque sea sincero.

Dulce dama, olor de naranjo,
no llores más te ruego,
aparta el kaiken del vientre,
no lo abras, te suplico.

Despliega tus alas y vuela lejos,
vuela rápido para su olvido no te alcance,
no sufras por él, mariposa de ensueño
y acepta este yuigon que escribí para ti.

Lucky Strike

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Lucky strike

Incinerador de ansiedad que mis labios penetras,
Cuerpo que deja escombros de su presencia
en latas vacías, ceniceros improvisados.

Humo que se d i s p e r s a hacia adentro,
agotas mi aire,
quemas mi nerviosismo.

Perfumado
cilindro
pequeño
que mis
dedos
sostienen
nerviosos,
esperando
que llegue
la inspiración

Golpe de suerte fue encontrarte,
cajetilla de muros albos y carmines;
guardas veinte chimeneas en tu interior
esperando ser encendidas.

El olor de tabaco me calma mientras trabajo,
ver desprender su alma blanquecina
en un halo que se funde con el aire,
me permite escribir poesía
en un teclado gris y desganado
Golpear la caja,
quitar el celofán,
abrir la tapa,
nada iguala a una charla
con café, risas y Lucky strike