Estoy en el rincón de una cantina

una fanfarronada para impresionar a los turistas. Sonreí al recordar esas letras. El mesero quería provocarme, sí, seguramente sabía que había tenido un mal día de quincena, que la anfitriona se estaba ligando a mi acompañante y yo a José Alfredo y que necesitaba un pretexto para largarme del lugar “No por ti, José Alfredo, no me lo tomes a mal”, me disculpo con El rey. Doy vueltas al saloncito pintado de blanco, de fondo se escucha el repertorio del maestro, las escucho atentamente; caigo en cuenta de la profundidad de sus letras, de la hermosura de la música que le acompaña, le doy la razón a Sabina por admirarlo. Meseros van y vienen sonriendo cortésmente. Me siento en una silla junto a la entrada, apenas ha pasado media hora, el reloj dio ocho campanadas, se escucharon a pesar de la música y el barullo propio de esos lugares. Me acuerdo de repente del acompañante ausente, estoy segura que no vine sola pero no lo encuentro por ninguna parte. Quince minutos más. Caballitos vacíos se alejan de mis manos, ¿sería mucho pedir limón y sal de gusano? Me desanimo, no quiero ser impertinente pidiendo los condimentos de la bebida. Me resigno. Al fin, aparece él luego de media hora. Ya son casi las nueve, siento el rostro acalorado. Recorrí con la mirada cada imagen del músico guanajuatense. Me dan ganas de cantar. Lo pienso nuevamente y creo que es inapropiado. Pienso en el Tenampa. “¿Tenampa?” Me pregunta el acompañante, “ya no es lo que era”. No le discuto, pero quiero ver las pinturas de Pedro Infante y Jorge Negrete. Al fin, 10 de la noche. Apenas. Nos despedimos de la anfitriona y la curadora. Nos retiramos porque se acabó el tequila y el mezcal de cortesía. De todas maneras no estaba tan bueno, reprocho a mi acompañante que no sabe de lo que hablo pues no pudo probarlo por ser conductor resignado. En fin. Me despido de José Alfredo, si él hubiera estado presente, hubiera hecho lo propio quitándose su sombrero. Estoy segura. Si me hubiera mirado a los ojos me hubiera confirmado lo que pasó esa noche con el ausente: “pero ya estaba escrito que aquella noche perdiera su amor”.

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