Las manos de Carlos

Había tenido entre mis manos las de los hombres que me “amaron” y a los que amé. Dedos delgados, piel suave; unas rasposas por el trabajo rudo, otras gruesas, toscas, torpes, avezadas, sutiles, dedos cortos y gruesos; dedos largos y sublimes… Las manos siempre dicen más de lo que pensamos. Unas manos me cautivaron cuando mi primer amor se fue. Manos delgadas, no endebles, tampoco fuertes. Suaves. Torpes para acariciar, pero inocentes porque no se detenían ante los caminos sensuales de mi cuerpo. Las manos a las que ahora escribo son gráciles, de dedos del mismo tamaño que la palma, lo que hace armonioso el conjunto de dedos, palma, dorso y uñas, rosadas, pulidas, cuidadas. No solo es la forma sino de lo que ellas emana: pureza, sensualidad, belleza, trabajo. Las manos de Carlos son exquisitas, se deslizan ágilmente por el teclado, cogen el teléfono, se juntan bajo el pecho, mientras escucha, los ojos castaños se fijan en quien habla, los dedos se entrelazan sobre el escritorio y también escuchan. Las manos de Carlos combinan con su cuerpo, también son esbeltas, suaves, poderosas porque saben lo que quieren y cómo conseguirlo: trabajo duro y placer. Su dedo en mi boca para lamerlo, sus uñas en mi espalda, la mano abierta golpea mis nalgas rítmicamente, me acaricia con deseo; con presteza me desnuda, me aparta el cabello del rostro, aprietan mi cuello, afianzan mi cadera para las embestidas vigorosas. Así, esas manos, claras, luminosas, cálidas, entran a mi humedad, separan mis labios y son lamidos los dedos que se deslizan dentro…

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